SanFermín. Referencias Históricas
El Culto a San Fermín y la Procesión
Muchos son los que han oído hablar de San Fermín, pero poco o nada se conoce de el salvo que son unas fiestas muy populares de Pamplona que se realizan en su honor. Lo que se conoce de él, carece de base histórica.
La leyenda de San Fermín surgió en el siglo IX en Amiens (Francia), y desde allí llegó algún siglo más tarde, hacia el siglo XII a Pamplona convirtiéndose en un santo de devoción para los Pamploneses.
La Leyenda de Amiens
Cuenta la leyenda que Firmus, un senador que vivía en tiempos de los emperadores Diocleciano y Maximiano, era gobernador general de la región y tenía un hijo llamado Fermín. Al parecer, Firmus confió la educación de su hijo al presbítero Honesto, quien envió a Fermín a realizar sus estudios a Tolosa y pidió al arzobispo de la localidad que le ordenase sacerdote para que pudiese predicar la fe cristiana. Así lo hizo y Fermín volvió a Pamplona a evangelizar, consagrado ya como obispo, donde permaneció hasta los 31 años, tras lo cual se marchó a las Galias. Primero estuvo en Agen, luego en la comarca de Beauvais y por último llegó a Amiens, donde, tras soportar la persecución romana convirtió, según cuenta la leyenda, en tan sólo cuarenta días a cerca de tres mil personas. Parece ser que a los gobernadores romanos no les hizo especial gracia y, tras detenerlo y encerrarlo en la cárcel, lo degollaron secretamente un 25 de septiembre –fecha actual en la que se celebra su martirio-.
Esta leyenda recogida en el texto de Jacobo Vorágine fue creada en la Alta Edad Medía en una localidad francesa llamada Amiens, capital de Picardía, situada a unos 150 km. de París. Aunque no existe una fecha exacta, los primeros datos históricos se sitúan en el siglo IX. Por aquel entonces, tal y como nos cuenta el historiador Roldan Jimeno “a la hora de elegir el santo que cristianizaría a la ciudad era muy normal escoger un personaje extranjero que diese cierto toque exótico y relevante a la urbe. En Amiens escogieron a Fermín porque era vascón y romano a la vez y les resultó bastante atractivo. A partir de entonces crearon una historia que ha ido variando con el tiempo, a medida que ha sido transmitida de generación en generación y se han hecho nuevas aportaciones”.
La leyenda llegó a Pamplona por primera vez hacia el siglo XII, cuando el entonces arzobispo de Pamplona, Pedro de París, tuvo noticia de ella y trajo consigo una reliquia que se depositó en el altar de la catedral de Pamplona. Con el tiempo el culto se fue extendiendo a toda Navarra. Para los habitantes de Pamplona tener conocimiento de un santo que, además, se suponía que había sido el primer arzobispo de Pamplona fue un auténtico hallazgo y alteraron parte de la historia francesa, adelantando la evangelización de la capital Navarra al siglo I, dato que contradecía la fecha de la leyenda de Amiens que la situaba en el siglo III. Distintos cronistas navarros recogieron esta versión y la fueron adornando cada vez más. Con el paso del tiempo el culto a San Fermín se fue acrecentando en las dos localidades, pero con particularidades locales. En el siglo XVIII se dieron a conocer La “Actas sinceras“ de Miguel Joseph de Maceda, que mostraban la versión pamplonesa de la leyenda. Algún tiempo más tarde cuando el texto llegó a Amiens se suscitó una gran polémica respecto a la fecha, ya que la tradición pamplonesa decía que San Fermín había vivido en el siglo I y la de Amiens en el III. Finalmente decidieron fundir ambas tradiciones, que fueron recogidas en un libro.
Sin Base Histórica
Ya en el siglo XX, en la década de los 70, el bibliotecario de la catedral de Pamplona, José Goñi Gaztanbide, después de investigar sobre el tema llegó a la conclusión de que la historia de San Fermín era “legendaria e inverosímil”, ya que no disponía de base histórica alguna. Posteriormente el historiador J.M. Jimeno Jurío realizó un exhaustivo trabajo de investigación que confirmó tales sospechas. Por aquel entonces se creó cierto debate que no trascendió más allá del ámbito científico y más tarde otros autores dieron la razón a estos dos estudiosos. La reciente tesis de Roldan Jimeno ha vuelto a corroborar dichas afirmaciones. “Uno de los datos clave que ha ayudado a ver que se trataba, como en otras ocasiones, de una leyenda sin base histórica ha sido situar la historia en los siglos I (Pamplona) y III (Amiens). En el caso de Pamplona la Cristianización no llegó hasta el siglo III y en Amiens tuvo lugar, incluso, algunos siglos más tarde. Además, hasta el siglo XII no hay en Pamplona ninguna referencia clara respecto al santo”. Junto a ello, el hecho de que San Fermín no tuviese ninguna iglesia, ni ermita a su nombre contribuyó a confirmar dicha teoría. “No es lógico que un arzobispo de una ciudad como Pamplona no registre ninguna iglesia o ermita a su nombre hasta el siglo XVII. En Pamplona la primera iglesia que lleva su nombre se construyó en la Milagrosa en la década de los 50 del pasado siglo y las primeras ermitas son del siglo XVII” dice Roldan.
A pesar de la crítica hagiográfica puesta en marcha por la Iglesia Católica durante el Concilio de Trento en el siglo XVI, en la que se pudo comprobar que la vida de varios santos carecía de fundamento histórico, la iglesia todavía no se ha pronunciado respecto al santo navarro. “Ha habido varios santos que han sido declarados apócrifos por la Iglesia Católica como, por ejemplo, San Cristóbal y el hecho no ha tenido demasiada trascendencia, aunque con otros, al tratarse de santos locales, como San Fermín, es la propia diócesis quien tiene que pronunciarse al respecto. Luego también está la respuesta de la gente”.
Actualmente tanto en Pamplona como en Amiens el culto a San Fermín sigue atrayendo a cientos de personas y las fiestas que se celebran en su honor en la capital Navarra congregan cada año a miles de visitantes de todas parte del mundo, que, a falta de conocer su historia, han oído hablar alguna vez del patrono de Navarra.
Es quizá una de las tradiciones más arraigadas de los Sanfermines (el culto a San Fermín fue iniciado en Pamplona-Iruña a finales del siglo XII, cuando era obispo de esta ciudad Pedro de Artaxona. Fue a finales del siglo XVI (1.591)cuando las fiestas religiosas de San Fermín se hicieron coincidir con las Ferias en su honor que se celebraban entre San Pedro y el 18 de Julio, institucionalizadas por el rey Calos II el Malo.) Es un acto serio en el que los pamploneses y todo el que quiera acercarse rinden homenaje al patrón de Navarra (título compartido con San Francisco de Javier).
La Procesión a San Fermín
La procesión se celebra el 7 de Julio y comienza a las 10.00 horas, cuando la Corporación del Ayuntamiento, escoltada por clarineros, timbaleros, maceros, escolta, txistularis, gaiteros, comparsa de gigantes y cabezudos y La Pamplonesa (banda municipal de Pamplona) va a buscar al cabildo de la catedral (asamblea de los cargos eclesiásticos) y juntos vuelven a la iglesia de San Lorenzo para recoger al santo en su capilla.
Una vez que se completa la comitiva, en un orden fijado, comienza la procesión realizando un recorrido por el casco antiguo de Pamplona por un tiempo aproximado de hora y media.
A lo largo de la procesión se realizan varias paradas que se utilizan para homenajear al santo realizando jotas (canción popular Navarra) en la que se hacen plegarias al santo, siendo el momento más importante en el atrio de la catedral.
Recorrido
Ahí comienza un recorrido por las calles Mayor y San Antón, plaza del Consejo, calle San Saturnino y vuelta a la calle Mayor, donde se deposita la imagen de nuevo en su altar.
Después, Corporación y cabildo regresan a Ayuntamiento y Catedral, a eso de las dos de la tarde.
Los momentos más emotivos de la procesión se producen cuando a la altura de la calle San Antón 47 el paso se detiene y se le canta una jota al santo. Después, en el pocico de San Cernin, dos niños depositan rosas en la peana del santo y los txistularis tocan el Agur jaunak. Por último, en el regreso por la calle Mayor, en la última parada, los Amigos del Arte cantan una jota al santo en medio del silencio más sepulcral.
Para un pamplonés es un acto imprescindible y, desde luego, para los visitantes es una cita obligada para conocer la fiesta en toda su dimensión. Es un acto donde, a diferencia de otros acontecimientos, no se producen aglomeraciones y cualquier lugar es bueno para apreciarla.
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